domingo, 26 de dezembro de 2010

Esto me lleva a destacar lo completamente equivocados que están quienes creen que ciertos libros, por el hecho de haber sido reconocidos universalmente como “obras maestras”, son los únicos que tienen el poder de inspirarnos y nutrirnos. Todo amante de los libros nombraría docenas de títulos que, porque abren su alma, porque abren sus ojos a la realidad, son para él libros de oro. No importa la valoración que hagan de ellos los catedráticos y críticos, los sabios y las autoridades: para el hombre que por ellos ha sido tocado hasta la médula son supremos. No preguntamos al que nos abre los ojos con qué autoridad procede; no le exigimos credenciales. Tampoco debemos observar ni eterna reverencia ni eterna gratitud por nuestros benefactores porque cada uno de nosotros tiene, a su vez, el poder de despertar a los demás, y en realidad muchas veces lo hace sin quererlo. El hombre sabio, el santo, el verdadero catedrático, aprende tanto del criminal, del pordiosero y de la prostituta, como del santo, del maestro o del Buen Libro.

Henry Miller, The Books in My Life

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